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Mi diario personal

Alfonso Aguilar era un muchacho de veintitrés años, nacido en Granada y vecino de la capital del Darro; más alto que bajo, pero sin pasarse; escurrido de carnes, aunque sin llegar a ser delgado, era de figura más bien esbelta; de tez morena, ojos y cabello muy negros, resultaba una más que típica estampa de hombre andaluz. Para acabar el retrato, añadir que a tal conjunto adornaba un rostro más agraciado que desagradable.

Hijo de un coronel pasado prematuramente a la Reserva a raíz del famoso “23F”(1), por su más que  conocido franquismo, estudiaba derecho en la Universidad de Granada, aunque sus anhelos, para disgusto de su señor padre, iban más por el derrotero de la poesía, por lo que el día más feliz de su vida había sido aquél en que un diario local, de regular difusión, publicó uno de sus poemas, “El Mirador de Lindaraja”, de ambiente morisco. Y es que no sabría decirse si su pasión primera era la poesía o la cultura y toda la cosa árabe en general.

Esa afición por lo morisco devenía en habituales paseos por los palacios, dependencias, patios y jardines de la Alhambra, viviendo en su imaginación, más que soñándolas, eternas aventuras moriscas entre tales escenarios; en ellas, se veía ora el Abencerraje Aben Hamet cortejando a la reina Moraima, esposa del rey Boabdil; ora el rey Muley Hacen requebrando a su bella esclava cristiana, Dª. Isabel de Solís… O, en fin, cualquiera de los gentiles caballeros granadinos, cautivadores de damas y doncellas, que pueblan las novelas moriscas de los siglos XVI al XIX, a las que tan aficionado era el doncel… Nada que ver con el porno actual <p style="text-align:justify;color:rgb(51,51,51);font-family:Verdana,Tahoma,Arial;font-size:14px;line-height:normal;">Andaba el mancebo de novio con una muchachita de nombre Ana María que más era niña que mujer pues a los dieciséis años todavía no llegaba, cuyo infantiloide rostro evidenciaba su cortedad en años, pero que resultaba enteramente angelical irradiando inocencia y candidez, amén de bondad a prueba de infinitas maldades; nariz pequeña, graciosos hoyuelos en las mejillas, labios más gordezuelos que finos y boca ni grande ni pequeña, bien dibujada; cabello rubio cual trigo en sazón que en primorosos rizos le caía, grácil, hasta pelín más abajo de los hombros y ojos azules como el claro cielo andaluz.

Pero el cuerpo que a partir del cuello, largo casi cual de cisne, se prolongaba desdecía la infantiloide impresión que su rostro transmitía, pues mostraba unos senos más desarrollados que otra cosa, erguidos y perfectamente redondeados, caderas más bien anchas y piernas que mejor torneadas no podían estar.

Pero sucedió que, un buen día, la muchacha planteó a su novio formalizar la relación en noviazgo de lo más serio y formal, pues la chica andaba ya más que loca por degustar las mieles de la intimidad conyugal; pero así exactamente: Conyugal. Es decir, tranquilamente y con todas las de la ley, bendición del cura incluída, amén del certificado de matrimonio. Claro está que la apasionada mozuela encontró no pocas negativas a la locura que pretendía, pues locura era que ella, con dieciséis años y estudiando bachiller, y su novio Alfonso Aguilar, con 23 y haciendo el último curso de Leyes, se casaran sin más; para empezar, por parte del mismo Alfonso, que veía precipitada la decisión de su novia, mas de poco le sirvió, pues Ana María se lo llevó al “huerto”, (en el buen sentido, que conste) en menos que canta un gallo.

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